Por Josiah Espinoza 12/10/2025
Para documentar mis reflexiones sobre este libro, publicaré periódicamente resúmenes del contenido que lea, ya que una sola reseña es insuficiente debido a su amplitud y complejidad.
I. Método de Tratamiento
El libro comienza afirmando que tanto el Oriente como el Occidente (las tradiciones de la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica Romana) aceptan los primeros siete concilios ecuménicos. Al decir “aceptados”, Percival está diciendo que ninguna de las tradiciones antiguas niega la autoridad de las decisiones teológicas y eclesiásticas hechas por estos concilios. La aceptación de los siete concilios mayores (Nicea 325, Constantinopla 381, Éfeso 431, Calcedonia 451, Constantinopla II 553, Constantinopla III 680-681 y Nicea II 787) también incluye la aceptación de varios sínodos ecuménicos menores que luego son aceptados por los concilios mayores.
Cada uno de los concilios mayores estableció dogmas esenciales a través de credos teológicos y cánones (reglas). Los credos teológicos eran dogmas teológicos infalibles de la Iglesia que combatían la herejía y establecían doctrinas esenciales de la fe. Los cánones eran reglas de la fe que guiaban las relaciones sociales, las prácticas eclesiásticas, los asuntos del liderazgo y las tradiciones de la comunidad cristiana. Percival también incluye los Epítomes Antiguos de los credos y cánones. Los Epítomes eran sinopsis concisas aceptadas por la Iglesia para aclarar la intención detrás del credo o canon. A estos Epítomes se añaden Notas, que fueron “tomadas de la mayoría de los comentaristas más eminentes, y Excursus, compuestos en gran parte a partir de los escritos de los teólogos, canonistas, arqueólogos, etc. más destacados…” (Percival, XI).
II. Sobre los Concilios Ecuménicos en General
Percival destaca la diferencia entre el reconocimiento de la autoridad de los Grandes Concilios, que son universalmente aceptados, y los Sínodos Ecuménicos, que tenían menos participantes y no obtuvieron una aceptación universal inmediata. Percival escribe, “Un Sínodo Ecuménico puede definirse como un sínodo los decretos del cual han sido aceptados por la Iglesia en todo el mundo” (Percival, XI). Cuando utiliza la expresión “en todo el mundo,” Percival no está proponiendo que todas las iglesias protestantes acepten estos concilios, sino que está diciendo que la Iglesia Ortodoxa (IO) y la Iglesia Católica Romana (ICR) los aceptan universalmente.
Percival sostiene que el tamaño del sínodo no es lo que valida su veracidad. Había 325 obispos en Nicea y 150 en Constantinopla I. Incluso afirma que estos sínodos no necesariamente tienen que reunirse con la intención de ser ecuménicos.
“No fue así en el caso de I. Constantinopla, no era necesario que todas las partes del mundo estuvieran presentes ni que se invitara a los obispos de dichas partes. Lo único necesario es que sus decretos sean aceptados posteriormente de forma ecuménica y que su carácter ecuménico sea reconocido universalmente” (Percival, XI-XII).
Percival reconoce que la Iglesia primitiva convocó numerosos “concilios generales” que nunca fueron aceptados y que muchos de ellos contenían errores teológicos. Por ejemplo, el “Latrocinium y el espurio ‘Séptimo Concilio’ celebrado por los herejes iconoclastas” (Percival, XII).
“Los concilios ecuménicos más importantes reclamaban para sí mismos la inmunidad del error en sus enseñanzas doctrinales y morales, basando tal afirmación en la promesa de la presencia y la guía del Espíritu Santo” (Percival, XII).
Es importante notar que el hecho de que un concilio se proclame infalible no lo convierte automáticamente infalible. Una autoproclamada infalibilidad arbitraria no hace que el concilio o sínodo sea infalible. Percival clarifica diciendo que “el concilio se consideraba a sí mismo, no como revelador de una nueva verdad, sino como establecedor de la fe entregada de una vez por todas a los santos” (Percival, XII). Este es el fundamento del argumento de la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa para establecer la infalibilidad de un concilio. No se basa en la asamblea, ni en la presencia de un papa o gobernante, sino en la fe transmitida de una vez por todas. Esta fe transmitida consiste en las doctrinas heredadas a través de la sucesión apostólica y confirmadas en última instancia por las Escrituras, que son autoritarias, infalibles e inmutables. Percival continúa, “Por lo tanto, sus decisiones eran en sí mismas ecuménicas, ya que eran una expresión de la mente de todo el cuerpo de fieles, tanto clérigos como laicos, el sensus communis de la Iglesia” (Percival, XII). Esta protección contra el error se basa en la propia promesa del Señor de que “las puertas del infierno no vencerán a su Iglesia” (Mateo 16:18). Sin embargo, la Iglesia Católica hace una afirmación especial de autoridad para la Sede Papal como la única cabeza de la “iglesia visible” y, por lo tanto, afirman que estos concilios son autoritarios solo porque el Pontífice Romano los ha aceptado.
Pero, Percival nota cómo los diferentes Concilios Ecuménicos fueron convocados y concluidos por diferentes líderes gobernantes. Su intención es argumentar que la supervisión o presencia papal no es necesaria para establecer la veracidad de un concilio. Percival escribe,
“Los Siete Concilios Ecuménicos fueron convocados por mandato y voluntad de los príncipes; sin que el Papa tuviera conocimiento del asunto, al menos en un caso (el I de Constantinopla); sin consultarle en el caso del I. Nice, por lo que sabemos; y en contra de su deseo expreso, al menos en el caso de Calcedonia, cuando solo dio su consentimiento a regañadientes después de que el emperador Marciano ya hubiera convocado el sínodo” (Percival, XII).
La Iglesia Católica reclama una autoridad única en la Sede de Roma. Argumentan que Cristo le dio a Pedro las “llaves del cielo” para establecer la Iglesia, y que esta autoridad se extiende a la Iglesia universal. Dado que la Sede de Roma es considerada sucesora de Pedro, el papa es considerado necesario para declarar infalibles los concilios bajo esta autoridad especial. Sin embargo, el argumento de Percival sugiere que al menos tres de los siete grandes concilios fueron convocados, supervisados y aceptados por alguien distinto de la Sede de Roma. Percival escribe,
“Y, en primer lugar, es evidente que ningún concilio ha sido aceptado como ecuménico si no ha sido recibido y confirmado por el Pontífice Romano. Pero, después de todo, esto solo significa que ningún concilio ha sido aceptado como ecuménico si no ha sido recibido ecuménicamente, ya que hay que recordar que solo había un patriarcado para todo Occidente, el de Roma; y esto es cierto a todos los efectos, independientemente de que ciertas secciones tuvieran privilegios extrapatriarcales y fueran ‘autocéfalas’” (Percival, XIII).
Así que, Percival reconoce que la Sede Romana ha recibido y afirmado los siete concilios como infalibles, pero sostiene que esta aceptación no les confiere infalibilidad; simplemente reconoce lo que ya era universalmente aceptado e inherente a los concilios mismos.
III. El Número de Concilios Ecuménicos
Es universalmente aceptado por la ICR y la IO que Nicea I, Constantinopla I, Éfeso y Calcedonia son ecuménicamente infalibles. La mayoría de las iglesias protestantes e incluso algunas iglesias evangélicas aceptan los credos (aunque no los cánones) como infalibles también. Percival apela a San Gregorio el Grande para defender la veneración de estos primeros cuatro concilios en la iglesia primitiva. San Gregorio escribe, “Venero los cuatro primeros concilios ecuménicos al igual que los cuatro Evangelios (sicut quator Evangelia).” Percival también afirma que los concilios ecuménicos quinto y sexto fueron finalmente aceptados, aunque el quinto no fue tan fácilmente aceptado en ciertos lugares como el sexto. Con respecto al séptimo concilio, Percival escribe
“El carácter ecuménico del séptimo no es cuestionado ni por Oriente ni por Occidente, y así ha sido por casi mil años, y la prueba completa de su ecumenismo se encuentra en relación con ese concilio” (Percival, XV).
Estos Siete Concilios Ecuménicos fueron aceptados y adoptados totalmente por la iglesia indivisa por casi siete siglos, desde Nicea I (325) hasta el Gran Cisma (1054). Mi tarea con estos siete concilios, sus credos y sus cánones, es incorporar la teología, la autoridad eclesiástica, y sus prácticas a la iglesia evangélica moderna. Observar e incorporar más que solo los credos de estos concilios es esencial para mantener una postura humilde ante el gran trabajo del pasado mientras miramos hacia el futuro.
IV. Recuperación para la Eclesiología de los Bautistas del Sur
Dado que la Sede Romana no es necesaria para validar la infalibilidad de los Siete Concilios Ecuménicos, tampoco es necesario estar en comunión con la Iglesia Católica para recibir y mantener las doctrinas teológicas afirmadas de esos concilios. Este tipo de argumento constituye la base de la posición de la Iglesia Ortodoxa contra la pretensión de autoridad unilateral de Roma: la IO sostiene que no necesita estar en comunión con Roma porque también se adhiere a la fe trasmitida a través de la sucesión apostólica y la observancia fiel de los siete concilios ecuménicos. Esta tensión sigue existiendo, ya que ambas iglesias se excommunicaron mutuamente en 1054 y cada una afirma ser la heredera legítima de la iglesia indivisa.
Lógicamente, lo que esto implica es que no es necesario convertirse en miembro de la IO tampoco ni tener comunión con ella para aceptar los concilios y sus teologías y adoptarlos en su congregación protestante o evangélica local. Tanto la Iglesia Ortodoxa como la Iglesia Católica afirman ser los verdaderos herederos de los concilios y sus teologías, pero, según su propio razonamiento, basan estas afirmaciones en la sucesión apostólica, y al mismo tiempo afirman que la otra Iglesia está fuera de comunión con la verdadera Iglesia (ellas mismas).
La afirmación de ser la “iglesia verdadera” se basa en un linaje directo o pedigrí de sucesión apostólica. Roma reclama a Pedro y/o Pablo, y la Iglesia Ortodoxa Oriental reclama la sucesión de los otros once. Pero, ellos mismos dicen que la Iglesia no estaba dividida cuando se juntaron y terminaron los concilios. Así que ninguna de las instituciones modernas sería la Iglesia unida que organizó y terminó esos concilios. Esto significa que no pueden decir que son la “única Iglesia verdadera, santa, católica y apostólica” cuando ni siquiera son la institución que organizó los concilios.
¿Qué significa esto para los Bautistas del Sur? Significa que podemos hacer el mismo tipo de afirmación sobre la herencia del pasado. La Convención Bautista del Sur puede seguir su linaje ecuménico hasta los anabaptistas, que se separaron de Ulrich Zwingli (un reformador Suizo que fue ordenado como sacerdote católico), quien se separó de la Iglesia Católica Romana, que desciende de Pedro. Estos tipos de afirmaciones sobre la herencia de la iglesia son arbitrarias y la “cercanía” de la institución a la iglesia indivisa (por cercanía me refiero al número de cismas) ha sido creada por las instituciones antiguas para anatematizar todas las demás tradiciones que ellas mismas no reconocen.
Dado que los Bautistas del Sur pueden hacer el mismo tipo de afirmación arbitraria sobre el pasado como la ICR y la IO, esto significa que la Convención Bautista del Sur puede referirse, utilizar, adoptar y aceptar las teologías de estos concilios y sínodos para su propia eclesiología. Hay tanta sabiduría ecuménica y riqueza teológica que se puede obtener de los siete concilios que fueron aceptados universalmente. La aversión de la Convención Bautista del Sur (SBC) hacia las tradiciones antiguas y la eclesiología solo nos ha alejado de la riqueza del pasado. Mi tarea consistirá en publicar diferentes escritos sobre los concilios, los credos, los cánones y los sínodos, y sobre cómo la SBC puede recuperar la teología del pasado y utilizar la sabiduría de los antiguos y los padres de la Iglesia para crear una asociación más sólida entre las iglesias locales y las entidades de la SBC.

